Tampoco su observatorio era como yo pensaba que seria. Había esperado un pequeño cuarto acogedor y lleno del desorden propio de un erudito, libros y manuscritos, pergaminos repletos de cálculos complejos, todo envuelto en la obligatoria membrana de polvo. También de modo inexplicable había esperado calor, un calor espeso y amarillo como una especie de queso inspirativo en medio de cuya añeja blandura estaría el maestro, un viejo distraído y espiritual, pero perspicaz, muy perspicaz, dando los últimos retoques a su obra maestra.
Tampoco su observatorio era como yo pensaba que seria. Había esperado un pequeño cuarto acogedor y lleno del desorden propio de un erudito, libros y manuscritos, pergaminos repletos de cálculos complejos, todo envuelto en la obligatoria membrana de polvo. También de modo inexplicable había esperado calor, un calor espeso y amarillo como una especie de queso inspirativo en medio de cuya añeja blandura estaría el maestro, un viejo distraído y espiritual, pero perspicaz, muy perspicaz, dando los últimos retoques a su obra maestra.
Tampoco su observatorio era como yo pensaba que seria. Había esperado un pequeño cuarto acogedor y lleno del desorden propio de un erudito, libros y manuscritos, pergaminos repletos de cálculos complejos, todo envuelto en la obligatoria membrana de polvo. También de modo inexplicable había esperado calor, un calor espeso y amarillo como una especie de queso inspirativo en medio de cuya añeja blandura estaría el maestro, un viejo distraído y espiritual, pero perspicaz, muy perspicaz, dando los últimos retoques a su obra maestra.